La indigencia de los economistas de Keiko
Es necesario subrayar la pobreza académica de muchos de los economistas peruanos que han convertido la teoría económica en un panfleto político. Luis Carranza parece llevarse el premio mayor, pero no solo él, sino toda una generación de economistas que reducen la complejidad de la vida social a números que siempre pueden ser interpretados de muchas maneras y a “varitas mágicas” que se autonombran como la solución a todos los problemas.
Durante el debate técnico, esto se vio con suma claridad en el discurso producido por Luis Carranza cuyo mantra, cuasi religioso, sostiene que solo la inversión privada salvará al Perú. Nada más. Toda la ciencia económica parecería reducirse únicamente a ese principio. Toda la clave sobre los problemas del país parecería encontrarse solo en esa medida.
Digámoslo de otra manera: a Carranza no le importa que todas las instituciones del país hayan sido destruidas, que la justicia sea manipulada obscenamente, que su partido sea el verdadero refugio de todos los corruptos y que estrafalarios personajes como Rospigliosi o Galarreta continúen degradando a la política peruana. Solo le importa la inversión privada, sea como sea.
Mucho peor aún: a Luis Carranza tampoco le importa que los congresistas de Fuerza Popular hayan desarticulado la SUNEDU y que hayan aprobado leyes que favorecen a los delincuentes. Tampoco le importa que Fujimori haya esterilizado a las mujeres más pobres y que hoy sea cómplice de la matanza a ciudadanos que no son los hijos de los agroexportadores. El pensamiento Carranza es uno que asombrosamente se sustrae de toda la complejidad de la vida social y solo repite su mantra económico. No hay nada más que decir. No hay posibilidad de pensar algo nuevo.
En ese sentido, no deja de ser sorprendente el hecho de comprobar cómo, en el Perú de hoy, las palabras “economía” y “neoliberalismo” se han vuelto sinónimos. ¿Es así? ¿Todo el pensamiento económico es hoy neoliberal? ¿No hay nada fuera de ello? ¿Se ha vuelto tan pobre esa disciplina? ¿O es que, más bien, ella ha sido tomada por un grupo de fanáticos fundamentalistas que han renunciado a la duda, a la imaginación y, sobre todo, a la autocrítica? Todo indica que, para estos economistas, la economía neoliberal se ha vuelto una ciencia autónoma y autosuficiente. Para ellos, la economía no necesita de la historia, no necesita de la antropología, prescinde salvajemente de las humanidades y, lo que es peor, se coloca por encima de la filosofía.
En la academia, sin embargo, sabemos que la ciencia (o “el saber”, si se quiere) se opone al dogma. El dogma es lo que impide que el pensamiento avance. Lo que en un momento se cree verdadero tiene que ser sometido a su revisión permanente. Hoy, sin embargo, muchos de esos economistas peruanos que aparecen en los medios y que son acompañados por periodistas que hacen de sus lugartenientes (salen todos los días en la tele desde la 7:00 pm y publican en los portales económicos de los millonarios de la Confiep) no parecen darse cuenta de que su vida acontece al interior de un solo paradigma, o de una ballena, como diría el poeta Antonio Cisneros. Desde ahí, se han vuelto incapaces de observar, de manera más compleja, vale decir, de manera sobredeterminada, cómo y por qué “se desordenan las islas y el mar”, tal como efectivamente lo figura ese bello poema.
Hay algo realmente extraño en el razonamiento económico que divulgan. Cada vez que alguien propone subir el sueldo mínimo, todos estos economistas se oponen y uno piensa que, como siempre se han opuesto (con argumentos cataclísmicos), la mayoría de trabajadores deberían seguir ganando como en 1992. No se entiende bien cómo imaginan la vida de la gente de verdad (ninguno de ellos gana el sueldo mínimo) y cuál es la lógica de ese argumento, supuestamente formalista, porque, en los últimos 30 años, las políticas liberales no han contribuido en nada a reducir el mercado informal. En realidad, estos economistas viven en un mundo plano, muy liso y casi imaginario. Hace ya varias décadas, Lyotard cartografió la sociedad actual y escribió lo siguiente:
“La pregunta hoy planteada ya no es ¿esto es verdad? sino ¿para qué sirve? En el contexto de la mercantilización del saber, esta última pregunta, la más de las veces significa: ¿se puede vender? Y, en el contexto de argumentación de poder: ¿es eficaz?
Efectivamente, a los neoliberales no les interesa preguntarse qué es lo justo (se trata de una pregunta demasiado trascendente para sus razonamientos), sino que solo han optado por preguntase qué es lo rentable sin importar ningún tipo de otras consideraciones. En todo caso, más allá de la pertinencia o no de un debate ético, lo cierto es que el programa que continúan repitiendo no parece nada positivo en el largo plazo. Sin duda, proponen políticas muy buenas para las elites de siempre, pero seguirán siendo nocivas para la mayor parte de los peruanos, vale decir, para lograr un crecimiento más equitativo que es el que hoy demanda la mayoría de la población que pasa cuatro horas diarias en microbuses; y que tiene que afrontar el envilecimiento mercantilizado de la salud, la paupérrima educación tipo Acuña, la tremenda inseguridad ciudadana y la ausencia de verdaderos espacios públicos (cargados de cultura) que no sean trampas de consumo.
Seamos más claros: han sido más de 30 años de capitalismo salvaje y no nos hemos vuelto un país con una mejor calidad de vida: en salud, en educación, en institucionalidad, en justicia y en seguridad ciudadana estamos mucho peor que antes. Las jornadas laborales son cada vez más largas y los trabajos más precarios y sin seguridades mínimas. El modelo ha fracasado y es momento de comenzar a probar otras cosas. Nadie niega la importancia de la inversión privada, pero ella no puede hacerse sin hablar de las personas (de derechos mínimos) que es –justamente- lo que nunca aparece en el discurso de estos economistas que almuerzan siempre con los grandes empresarios.
El Perú es un país cargado de deudas y de heridas históricas que no se pueden evadir. Es un país donde históricamente el Estado no ha sido un aliado de la población, sino un cómplice de abusivos poderes económicos. Keiko y la herencia de su nefasto padre representan esa terrible alianza.
Lo que, por el contrario, necesitamos con urgencia en el Perú de hoy es, sobre todo, recuperar el valor de “lo común” y de “lo compartido”: una idea –mínima- de que no es posible seguir viviendo bajo esta guerra neoliberal, de todos contra todos, en la que solo importa un interés (el privado) que no se cansa de degradar, sistemáticamente, todo lo que es colectivo: la caótica situación del transporte es el mejor ejemplo del proyecto desregulado en el que vivimos. No hay que ser muy astuto para darse cuenta que ese proyecto de la “mano invisible” carece de toda mano (en realidad, es puro Kaos) y tampoco es invisible (es, como puede notarse todos los días, la ley de las mafias y del que tiene más dinero).
En una conferencia que vuelve a circular por las redes hoy, Julio Cotler decía lo siguiente: “No existe economía competitiva si no hay un Estado capaz de regular el mercado y redistribuir. Si no existe esto, vamos a tener mayor crecimiento económico, mayor acumulación de riqueza, sí, pero mayores conflictos sociales”.
En efecto, muchos de nuestros queridos economistas planos siempre hablan de crecimiento, pero nunca de distribución; miden obsesivamente la pobreza, pero renuncian a explicar la desigualdad.
En el Perú actual se hace urgente otra cosa. Y, en la universidad, necesitamos que los profesores nos comprometamos a formar profesionales menos simplistas (no como esos economistas) que sepan que ninguna disciplina tiene la verdad única sobre la complejidad del mundo social. Los profesores de economía deben enseñar que la economía no es (no puede ser) solo neoliberalismo. Proponerlo así parece un insulto a la dignidad de un fascinante campo de saber. Un discurso tremendamente monológico como el que escuchamos en estos días no puede continuar monopolizando todas las dimensiones de la vida social y toda la discusión política en el Perú actual.