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El fanatismo perverso

Sobre "San Bartolo" y el Sodalicio del vida cristiana

Publicado: 2022-03-05


El teatro es un momento ritual donde algo de los antagonismos de la experiencia humana se hacen visibles y advienen, de manera disruptiva, en el escenario. Los diferentes símbolos escénicos buscan desatar la sensibilidad y el pensamiento de todo espectador que intenta establecer conexiones diversas. ¿Qué hay en la obra San Bartolo que nos diga algo no solo de horrendos crímenes cometidos por el Sodalicio, sino sobre la condición misma de la vida peruana en las últimas décadas? Mucho se ha dicho ya sobre los abusos sexuales de esta institución y también sobre el valor de esta obra cuya calidad merece destacarse: un sólido trabajo de investigación, una escritura sobria, una puesta en escena muy bien calculada, un conjunto de recursos escénicos notables, un casting tan preciso como el vestuario, y, sin duda, un excelente grupo de actores en sus tantas temporadas (pandemia mediante…).

¿Qué vemos cuando vemos la obra “San Bartolo”? Pienso que lo que se nos muestra es el suplemento escondido de todo fanatismo, la constitución francamente perversa de un discurso mesiánico destinado a capturar adeptos. De hecho, asumiendo un gran riesgo político, pero también estético, la obra coloca la fotografía de Luis Fernando Figari como un ícono dominante en todo el escenario, muy parecido a las imágenes de Abimael Guzmán que por los mismos años eran también dispuestas en las células clandestinas, en las cárceles peruanas y en muchas universidades del país. En las tablas de Larcomar, Figari emerge como la otra cara de Abimael Guzmán.

La analogía entre el Sodalicio de vida cristiana y Sendero Luminoso no es antojadiza: ambos se fueron gestando por los mismos años, ambos apuntaron a grupos focalizados de reclutamiento y ambos se constituyeron a partir de la idolatría a un líder. En efecto, durante la década del ochenta ambas organizaciones se representaban como las portadoras de una verdad trascendental que exigía todo tipo de sacrificios y renuncias. Es conocido que, en Ayacucho, a Abimael Guzmán le decían el “Dr. Champú” porque era capaz de lavarle la cabeza a cualquiera y, sin duda, lo mismo puede decirse de esos llamados laicos consagrados que la obra representa como los encargados de liderar estos terribles “grupos religiosos”.

Son muchos los temas y problemáticas que la obra pone en escena, pero se trata de mostrar la constitución de una institución fanática y el aprovechamiento de la condición vulnerable de la adolescencia. Si Sendero Luminoso se aprovechaba de la pobreza (y de la desigualdad estructural de la sociedad peruana), el Sodalicio lo hacía de muchachos con familias en crisis en busca de soportes afectivos y nuevos referentes de orientación. Si SL reclutaba en los sectores desfavorecidos, el Sodalicio lo hacía en las clases más altas. La misma música, los mismos cantos, a veces siniestros. Unos prometían el paraíso en el cielo, otros el paraíso en la tierra. Para lograrlo, los jóvenes tenían que someterse a la perversidad de los líderes. Son muchos los estudios que han demostrado que los militantes de SL fueron fundamentalmente jóvenes precarizados. Esta obra muestra que el Sodalicio solo buscaba a adolescentes blancos en los sectores privilegiados. Sin duda, son también muchas las diferencias entre ambas organizaciones, pero ellas no pueden ahora ser motivo de esta nota que, por el momento, solo busca mostrar cómo una misma dinámica unifica a dos instituciones tan distanciadas ideológicamente.

En el panorama actual, debemos entonces preguntarnos qué queda en el Perú de esa terrible época de crisis y fanatismo ideológico. La respuesta no es positiva. El dogma neoliberal (por lo general aliado de la posición conservadora) continúa repitiendo su mantra económico sin ninguna autocrítica y ha esparcido la estrategia del “terruqueo” a todo el que se le oponga o lo cuestione. Luego de la pandemia, ningún aprendizaje parece haberse producido y el desinterés hacia la defensa de lo público y de lo común se hace nuevamente visible y muchos se lavan las manos (sobre todo, un grupo de ex-ministros de economía) como si nada hubiera ocurrido. De otro lado, ha irrumpido en el escenario el discurso de una izquierda dogmática que ya ni siquiera es izquierda, sino una banda de delincuentes. La polarización vivida en la última campaña electoral ha servido para visibilizar grandes odios que un enorme sector no se cansó de azuzar apropiándose nada menos que de la camiseta de la selección peruana de fútbol y obligando a todos a rezarle a la Virgen María en plenos mítines políticos. La crisis actual no es solo culpa de un presidente inepto (y quizá también corrupto). En realidad, Castillo es solo el signo de un país profundamente deteriorado en todos los niveles de la vida: un deterioro que recorre a todas las clases sociales y a todos los sectores políticos. Un deterioro que, como lo muestra la obra San Bartolo, también ha corroído a la Iglesia Católica y que Terry Eagleton ha resumido bien.

“Aparte del estalinismo, es difícil imaginar un movimiento histórico, como el cristianismo, que haya traicionado más miserablemente sus propios orígenes revolucionarios. El cristianismo se apartó hace mucho tiempo del lado de los pobres y los desposeídos para pasarse al de los ricos y agresivos. Hoy el establishment liberal tiene muy poco que temer y mucho que ganar. El cristianismo se ha convertido en el credo de la clase acomodada y se ha alejado de aquella promesa asombrosa que en tiempos ofendió a los militantes anticoloniales clandestinos que frecuentó el propio Jesús. El cristianismo no solo no se ha negado a amoldarse a los poderes de este mundo, sino que se ha convertido en la jerga nauseabunda de políticos mentirosos, banqueros corruptos y neoconservadores fanáticos, así como en toda una industria inmensamente rentable”.

Lo que sucedió en los ochentas es tan fuerte que el teatro tiene que dejar de ser solamente teatro para dejarse interferir por otro tipo de estrategias discursivas. Ello, sin embargo, no ha rebajado la calidad artística de una obra que ha demostrado la fertilidad que puede ofrecer este tipo de articulaciones. A diferencia de la actual clase política y de buena parte de los empresarios peruanos, el teatro todavía piensa. Escrita y dirigida por Alejandro Clavier y Claudia Tangoa, hoy, cuatro años después de su estreno, San Bartolo llega a sus últimas funciones para revelar un país duramente estancado en su tremenda imposibilidad: en la dimensión autoritaria del fanatismo (hoy con jerga empresarial tecnocrática), en el abuso permanente hacia los más débiles y en la vergonzosa impunidad.


Escrito por

Victor Vich

Crítico literario. Doctor en Literatura por Georgetown University, EEUU. Es profesor en la PUCP y de la Escuela Nacional de Bellas Artes.


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