primer round

Obra de la artista plástica Carolina Estrada(la laguna y la vacuna son vida)

Vacunación socialista

Publicado: 2021-07-07


Luego de 30 años de individualismo feroz, de una razón puramente mercantil, de un discurso que solo ha sabido afirmar “sálvese quien pueda”, hoy en día los peruanos también recobramos el auténtico sentido de la vida en comunidad. Es cierto que todo no es perfecto y que, en muchos centros de salud, las colas son largas y la espera tediosa, pero también es verdad que el Estado muestra su mejor rostro y que acudir a vacunarse (luego de un largo tiempo de encierro) implica reencontrarse con algo que no es exactamente uno mismo.

“Ningún hombre es una isla”, sostuvo el gran poeta John Donne, allá por el siglo XVII. Contra la definición liberal que insiste en inventar al ciudadano como guiado por su solo interés, la pregunta por la comunidad ha vuelto a saltar a un primer plano. No somos tan autónomos y no vivimos aislados. La pandemia nos ha hecho notar (¡oh, gran descubrimiento!) que la vida es colectiva, que dependemos de los demás, que los grandes problemas nos afectan a todos y que el interés privado no es el único interés. “Somos en común: unos con otros. El ser es el en” ha sostenido Jean-Luc Nancy.

En estos días, ir a vacunarse muestra al menos tres experiencias: la primera es entrar en contacto con un Estado que sí tiene capacidad de organización, un aparato que, si se lo propone, puede hacer las cosas bien. A diferencia de lo que piensan algunos, el Estado no es ontológicamente malo ni ineficiente. La experiencia de recibir la vacuna implica entrar en contacto con una institución que garantiza derechos iguales para todos. Estaban equivocados quienes denigraron la idea de una vacunación universal y gratuita. Estaban equivocados quienes comenzaron a promover la necesidad de privatizar las vacunas y, una vez más, hacer negocio con el dolor y la muerte. Solo bajo el neoliberalismo criollo, ese fue un discurso seductor para muchos cuyo nombre no vale la pena acordarse.

En segundo lugar, recibir la vacuna es también la experiencia de un sentido de comunidad más allá de diferencias de todo tipo. En la cola, en la espera, todos volvemos a vernos las caras reconociéndonos como iguales, vale decir, como parte de una misma comunidad humana más allá de diferencias de clase, de raza, de género, etc. ¿Dónde nos encontramos los peruanos más allá de los nichos, las burbujas, los ghettos? ¿Qué espacios públicos quedan en un país donde hasta el Estadio Nacional fue privatizado? En realidad, la imagen no es tanto la del Estado  que nos vacuna como la de la sociedad organizada vacunándose a sí misma.

Por último, la vacunación es una experiencia de profunda alegría ante la fragilidad estructural que nos caracteriza como especie. Es una experiencia de celebración, de seguridad, de regocijo, pero, sobre todo, de agradecimiento por estar vivos. Yo lo sentí así cuando me fui a vacunar. Las dos señoras que estaban a mis costados me lo comentaron también. “Que alegría, qué alivio”, me dijeron y quizá hasta sentimos ganas de darnos un abrazo. La vida es frágil porque somos cuerpos imperfectos y porque, además, hemos construido sociedades mal hechas e injustas. El hecho de que mucha gente se tome fotos y selfies vacunándose no es sino el signo de la gratuidad de la vida en un contexto en el que muchos ya no están. La vida no se vende ni se compra: es un don.

¿Es la vacunación la muestra de que otra sociedad es posible? ¿Es el signo de que la justicia y la igualdad no son solo viejas palabras? ¿Es la prueba de que es posible neutralizar a los “grupos de poder” y construir una vida justa para todos? En estos tiempos el mensaje no parece tan difícil de entender: hay que recuperar lo público, hay que reconstruir lo común, hay que promover nuevos espacios de encuentro ciudadano.

¿La igualdad? ¿La justicia? Durante los últimos treinta años, no hemos escuchado de nuestra clase política esas palabras que, sin embargo, han recorrido toda la historia de la humanidad. Nancy define el socialismo como ese “nombre arcaico de algo que siempre está por venir”. Lo cierto es que, recibir la vacuna de una manera gratuita y pública, demuestra que vivimos en la barbarie, vale decir, en esa jungla de intereses puramente privados que han destruido el valor de la vida en común. ¿Hay algo que no pueda venderse? ¿Hay algo que no deba perder su valor valorizándose? La vacuna parece ser un signo de eso. Acercarse a un centro de vacunación demuestra la posibilidad que tenemos de construir una sociedad mejor. Para muchos es repetido, pero conviene recordarlo siempre: José María Arguedas definió ese proyecto como el de "una savia ardiente,  impaciente por realizarse, en cualquier hombre no engrilletado ni embrutecido por el egoísmo que busca vivir, feliz, todas las patrias”.


Escrito por

Victor Vich

Crítico literario. Doctor en Literatura por Georgetown University, EEUU. Es profesor en la PUCP y de la Escuela Nacional de Bellas Artes.


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