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La derecha peruana es parecida a Maduro

(y una parte de la prensa también)

Publicado: 2021-06-23


Luego de la segunda vuelta, ha quedado muy claro que no solo el proyecto de Cerrón es autoritario. También lo es el de la derecha peruana. En realidad, son las prácticas de la derecha las que verdaderamente se parecen a la dictadura que hoy impera en Venezuela. Quizá no se trate tanto del efecto de una polarización tremenda como de un develamiento de su identidad. En los últimos meses, todos hemos sido testigos de la presencia de algo que, con mayor nitidez, se ha mostrado sin tapujos.

En efecto, en la derecha peruana no hay una verdadera opción democrática. Su estrategia solo ha sido la del miedo y la de la manipulación social. Su método ha consistido solamente en descalificar a todo lo que se le opone. Lejos de entender la democracia como la institucionalización de un debate, aquí se han activado todos los medios inimaginables para descalificar al oponente. El “terruqueo” se ha vuelto la manera de imponer el “pensamiento único”. Para los liberales, la verdad del mercado se ha vuelto un dogma sin historia y nada debe oponerse a su fórmula tan  básica: inversión, trabajo, consumo. ¡Qué simple parece la vida; qué fácil parece el amor!

Por si fuera poco, la derecha cree que autodenominarse democrática es suficiente para ser democrático. El magistrado Oscar Urviola no sabe que la virtud no reside en la forma en la que uno se representa a sí mismo, sino en la manera en la que uno es reconocido por los demás, incluso, por sus oponentes. Este personaje desconoce esa premisa básica. Por un frío plato de lentejas, estos autodenominados demócratas (Lourdes Flores, etc) son capaces de justificar lo injustificable y de activar, sin vergüenza, leguleyadas de todo tipo.

Más aún: ha quedado claro que, en el Perú, la derecha es la única que ejerce un verdadero control de los medios de comunicación. Una vez más, se ha revelado que los medios no quieren ser cuestionados y que en ellos no hay libertad. Sus reportajes, siempre parciales, impiden la construcción de una verdadera esfera pública de debate democrático. En el Perú, Harbemas se daría de cabezazos al comprobar cómo algunos periodistas destruyen, día a día, su limpia teoría de la acción comunicativa.

De Mónica Delta y de Roxana Cueva sabíamos, desde hace mucho, que no había ningún profesionalismo en su trabajo, pero muchos pensábamos que otros periodistas podrían ofrecer algo diferente. Hay que decir que Jaime Chincha ha sido una excepción en este tiempo. Fuera de medios alternativos, su trabajo ha destacado. Sin embargo, parecería que muchos periodistas de la televisión buscan y desean, ansiosamente, convertirse en padres de la población a fin de enseñarle, bajo tutela, lo que tiene que pensar y la forma en la que tiene que votar. No contrastan: opinan. No investigan: opinan. En lugar de asumir su profesión con dignidad -mantenerse lejos de todo poder- solo parecen querer opinar desde sus estrechos puntos de vista.

La grave crisis educativa que afronta el país se ve también en la formación de los periodistas peruanos. ¿Llevan cursos de historia del Perú y del mundo? ¿Llevan cursos de filosofía política? ¿Llevan al menos una introducción al pensamiento económico? ¿Algo de estadística? ¿Algo de derecho? ¿Análisis de discurso? ¿Qué estudian? ¿Qué leen? ¿Cuál es el plan de estudios de las principales universidades que ofrecen esta carrera? No lo sabemos. Lo que sabemos -sí lo sabemos- es que, en cada elección, los medios peruanos hacen un verdadero papelón que asombra a la prensa internacional. Nadie puede creerlo.

De hecho, luego de la segunda vuelta, muchos periodistas han seguido comportándose sin la menor autocritica invitando a sus programas a personajes increíbles, casi a nigromantes ante cuya mística solo podemos sonreír en estos tiempos tan gélidos. Es verdaderamente impresionante cómo conductores como Mario Gibellini y Mávila Huertas han conseguido destruir toda su credibilidad (toda su carrera) en defensa de una candidata vil y de un proyecto a todas luces autoritario y corrupto. ¿Por qué no les ha importado? Quizá porque saben perfectamente que llegaron a los puestos que tienen, no por mérito propio, sino por consideraciones raciales, clasistas, etc. En verdad, estos personajes son muy parecidos a quienes se oponen a la reforma magisterial. En el periodismo peruano, en efecto, no hay meritocracia. Cuando un grupo de colegas suyos renunció al programa mostrando dignidad, ellos, lejos de cualquier autocrítica, se hicieron de la vista gorda y han continuado haciendo lo mismo que semanas atrás: burda manipulación.

Notemos, por último, que, al igual que el obsceno bolivarianismo del Maduro, vale decir, al igual que esas casacas tricolores que él a veces usa, la derecha peruana ha mostrado, sin vergüenza, la dimensión perversa que guía a todo nacionalismo. “Yo soy el todo”, “Solo yo y mis amigos representamos la esencia de lo nacional”, “Los que no están conmigo, no son peruanos”. Con horror, estas semanas hemos visto el develamiento del “guión oculto” (del “suplemento obsceno”, dirían algunos) del capitalismo peruano: un proyecto neofascista que apela a esencias nacionales y que se autorepresenta como el fundamento de toda la sociedad.

Es claro: la derecha es incapaz de aceptar la derrota porque, lejos de ser moderna, es colonial, aunque esta dicotomía sea ciertamente falsa. Aníbal Quijano nos enseñó, entre otras cosas, que modernidad y colonialidad son dos caras de un mismo proyecto autoritario. No hay modernidad sin un anclaje colonial que lo permita. No hay desarrollo capitalista sin racialización del trabajo. No parece haber agro-exportación exitosa sin explotación laboral. De hecho, en estas semanas, el develamiento del racismo no ha sido gratuito. Muchos estudios (antropológicos, sociológicos, lingüísticos, literarios) habían notado ya que, desde que se implantaron las políticas neoliberales en el Perú, la vieja cultura aristocrática se venía reconstituyendo no solo para formar una burbuja de vida social, sino para discriminar y explotar laboralmente, sin regulaciones, a todos los que no cuentan con sus privilegios.

Digamos que no es motivo de orgullo encontrar hoy en muchos locales comerciales esos cartelitos que dicen lo siguiente.: “En este local está prohibida toda forma de discriminación”. Cualquiera podría pensar que dichos mensajes pudieron haberse colocado en 1821 y no en estos tiempos. Luego de doscientos años de vida republicana, esos carteles son el signo más contundente de nuestro fracaso como nación y como comunidad: nuestra imposibilidad de relacionarnos –cultural y laboralmente- como iguales.


Escrito por

Victor Vich

Crítico literario. Doctor en Literatura por Georgetown University, EEUU. Es profesor en la PUCP y de la Escuela Nacional de Bellas Artes.


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