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Luis Carranza y el rey Lear

Publicado: 2021-05-29


En la primera escena de El rey Lear, el rey ha decidido dividir su reino y pide a sus hijas que cuantifiquen el amor que cada una siente por él. Según lo que ellas digan, el rey decidirá la cantidad de tierras para cada una. Las dos primeras son muy locuaces y reciben grandes propiedades. La tercera, Cordelia, piensa que lo que siente por su padre no puede medirse cuantitativamente y entonces calla. A razón de ello, no recibe nada y es expulsada del reino.

Fueron estas imágenes las que vinieron a mi cabeza mientras escuchaba al ex Ministro Luis Carranza el día del debate presidencial. Carranza representa el tecnócrata clásico, ortodoxo, que busca cuantificarlo todo. En su discurso, en su lógica, no parece haber espacio para la ética, para la política, para “las grandes preguntas celestes”. Carranza parecía un autómata sin ninguna capacidad para mirar la complejidad de la historia del país más allá de la pura cuantificación. Durante treinta años (y no veinte) hemos tenido tecnócratas de ese estilo a los que no les ha importado que los presidentes sean corruptos, que las mafias se reagrupen, que las instituciones se destruyan, que el medio ambiente se contamine o que los grupos de poder económico nos tomen a todos por asalto. Mientras los números –sus números– les sonrían , como a las hermanas de Cordelia, a ellos nada los afecta .

La pandemia, sin embargo, ha revelado la verdadera insuficiencia de los indicadores de estos economistas. Más allá de sus grandiosas cifras macroeconómicas, se ha revelado una realidad que ninguno de ellos quería ver, aunque economistas best sellers (y premios nobel, además), como Joseph Stiglitz o Amartya Sen venían señalándolo hace años. Esa vieja teoría del chorreo (impuesta de manera tan autoritaria en los noventa), que afirma que los ricos deben hacerse más ricos para que luego les den limosna a los pobres, no ha funcionado. Carranza no será Premio Nobel.

Hace unos días, la periodista Mávila Huertas (cuya parcialidad en esta segunda vuelta ha sido decepcionante) le preguntó a Farit Matuk, con cierta arrogancia, qué era el neoliberalismo. De manera correcta, éste le respondió con la definición clásica, vale decir, un sistema económico duramente desregularizado donde la competencia lo toma todo, donde se reduce el gasto público y, sobre todo, donde el capital se impone sobre el trabajo. En el neoliberalismo, se gobierna por decreto (de la manera más autoritaria) y los trabajadores no tienen derecho a negociar pues todo se arma para que no existan los sindicatos o, por ejemplo, para neutralizar la ley de consulta previa... ¿Democracia? ¿Libertad? El neoliberalismo es la experiencia misma del capitalismo salvaje y del dominio de los más fuertes (de los grupos de poder).

¿Ha leído Mávila Huertas los libros de Thomas Piketti? Probablemente no, y es una pena. En realidad, el neoliberalismo es mucho más que un paquete económico como lo ha explicado Wendy Brown. Hoy se ha vuelto un tipo de racionalidad, un orden normativo, un discurso que economiza brutalmente todas las dimensiones de la vida. Cada necesidad humana debe ser convertida en una empresa rentable. Hasta la religión queda mercantilizada y sobran ejemplos. El neoliberalismo degrada todo lo público y produce un ciudadano individualista que reduce la felicidad a la acumulación descontrolada. Como la pregunta del rey Lear, la racionalidad neoliberal empobrece la vida, la cosifica y coloca lo económico como el único parámetro para juzgar el valor de todo. ¿Tiene el neoliberalismo alguna respuesta a qué es “lo justo”? Durante el debate, Carranza parecía ser el ejemplo más claro de esta pobre epistemología.

Muchos han sostenido que a Carranza le fue muy bien en el debate. La pregunta es a quienes les pareció eso. La respuesta no es difícil: les encantó a los que manejan su mismo discurso, a los que quieren que las cosas no cambien, a los que no saben cómo él se opuso a los programas sociales, a los que olvidan que tuvimos las arcas llenas, pero que hoy no hay ni hospitales, ni camas ni oxígeno. Votar por Fujimori es más de lo mismo; es el regreso al mundo antes de la pandemia. Su equipo lo revela claramente, como en una mala película de zombies o de muertos vivientes: Bruce (ex-Toledo, ex-PPK) ha sido ministro varias veces, Rospigliosi (ex-etc) igual  y Carranza (ex-Alan) lo mismo, pero este economista hoy sigue sin cuestionar a esos grandes grupos económicos que nos vienen robando desde hace décadas. No son los comunistas los que nos van a “quitar” nuestros ahorros. En realidad, ya no los han venido quitando las AFPs, los bancos con sus cobros abusivos, la telefónica con sus deudas nunca pagadas, o la mercantilización de la salud y de la educación con su absoluta falta de pudor.

Solo los cínicos pueden negar que el fujimorismo ha deteriorado la escena política peruana desde hace treinta años y no ha parado de envilecerla con sus cuellos blancos, con sus roba-cables y con esos come-pollos que no se cansaron de boicotear cuanta reforma se quiso proponer. Vivimos en una época tristemente individualista cuyo interés solo apunta a la rentabilidad y a la pura acumulación. Vivimos una época donde la codicia y la avaricia se presentan, desquiciadamente, como una “virtud”. Vivimos un escenario demencial en el que se justifica la impunidad. Hace décadas tuvimos que reconocer los límites del estatismo. Hoy otros deben reconocer la crisis de este modelo. Comenzar a clausurar la pesadilla neoliberal no es idea de algunos fanáticos irresponsables, sino algo que viene sucediendo en muchos países del mundo. La escena contemporánea busca un cambio. La vida es siempre más ancha, y más ajena, de lo que algunos economistas creen. Los seres humanos podemos siempre ser otra cosa. Una hermosa frase de Shakespeare podría resumir bien el momento en que vivimos: “Despídete, Cordelia, aunque desnaturalizados sean. Has perdido un aquí por un dónde mejor”.


Escrito por

Victor Vich

Crítico literario. Doctor en Literatura por Georgetown University, EEUU. Es profesor en la PUCP y de la Escuela Nacional de Bellas Artes.


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